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 MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA 
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Nota MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
REAL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE POBLET, PANTEÓN DE LOS REYES DE ARAGÓN

El Real monasterio de Santa Maria de Poblet forma parte, junto con los de Santes Creus y Vallbona de les Monges, del conjunto de monasterios cistercienses que se establecierón en la Cataluña Nueva en la segunda mitad del siglo XII, como instrumento de reorganización y repoblación de las nuevas tierras conquistadas por la Corona de Aragón a los musulmanes. El monasterio es Patrimonio de la Humanidad declarado por la Unesco.

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Los sepulcros reales de Poblet construidos en el siglo XIV y ubicados en el crucero de la iglesia del monasterio, constituyeron el grupo escultórico funerario más importante y rico de cuantos fueron elaborados en la Cataluña gótica. El conjunto llegó a conocerse como Capilla Real, un panteón de reyes creado por iniciativa de Pedro IV el Ceremonioso (1319-1387), en un alarde arquitectónico ingenioso y original que llegó a cobijar seis tumbas de los reyes de la Corona de Aragón acompañados por algunas esposas.

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La información e imagen de estas páginas pertenece al antiguo foro de Hola.com y sus colaboradores, y algunas imágenes más, nuevas, conseguidas por mí.

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27 Oct 2009, 16:30
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Nota Re: MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
En 1359 el rey Pedro se puso en contacto con el arquitecto Aloi de Montbrai que trabajaba en Barcelona, para que se hiciera cargo de la obra. La idea original fue la de hacer en el crucero cuatro sepulcros con paso intermedio, pero hubo que desistir por no encontrar suficiente espacio. En 1370 surgió la idea de construir unos arcos escarzanos lo suficientemente amplios como para dar paso a los monjes y que pudieran transitar libremente por el crucero. Sobre esos arcos se montaron seis sepulcros reales, tres a cada lado. Las estatuas yacentes se hicieron de alabastro policromado.

Después, en 1382, el abad Guillén de Agulló encargó al carpintero de Vimbodí, Bernardo Teixidor los doseles de madera (con pináculos y hastiales calados) que el maestro imaginero de Lérida, Jaime Cascalls se había encargado de proyectar. Terminados los doseles, fueron policromados y dorados y las bovedillas interiores se pintaron de azul con estrellas de oro y se colocaron sobre las losas sepulcrales labradas, a modo de tejadillo lujoso. El conjunto fue conocido como Capilla Real y al principio tuvo sólo tres enterramientos:

Alfonso II el Casto (1196)
Jaime I el Conquistador (1276)
Pedro IV el Ceremonioso (1387), con sus tres esposas: María de Navarra, Leonor de Portugal y Leonor de Sicilia

Más tarde se fueron añadiendo los enterramientos de

Juan I (1396), con sus dos esposas Matha de Armagnac y Violante de Bar
Fernando I de Antequera (1416)
Juan II (1479) y su segunda mujer Juana Enríquez

En total debieron estar bajo los doseletes de madera descritos, 16 yacentes, tal y como lo describe el padre Finestres en el siglo XVIII. Se conoce el aspecto de aquella estructura gracias al grabado que se conserva del viajero y escritor del siglo XIX, Alexandre de Laborne, incluido en su obra Voyage pittoresque et historique de l’Espagne, París 1806-1820. En este grabado aparece además la innovación que se hizo en el siglo XVII cuando en 1660 Juan Francisco Grau añadió una base en que estaban esculpidos, escudos y relieves y donde se abrió una puerta de acceso al interior. Es decir se cerró el espacio libre de los arcos escarzanos. Esta variante fue necesaria porque se habían acumulado bajo los arcos escarzanos diversos ataúdes con los restos de infantes de la Casa Real. Eran simples cajas de madera forradas de terciopelo que en los días de solemnidad se cubrían con tapices especiales para que no estuvieran tan a la vista. Se colocaban allí como recurso y a la espera de encontrar un lugar apropiado y un sepulcro digno. Allí estaban depositados Martín el Humano, cuyo sepulcro estaba sin concluir, Carlos Príncipe de Viana y los duques de Segorbe y Cardona.

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Nota Re: MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
Destrucción e incidentes

El arquitecto Elías Rogent (Barcelona, 1821-1897),realizó varios viajes a Poblet en 1845, en los que fue tomando notas en un manuscrito que se conserva. Según estas anotaciones, en dicho año los sepulcros reales estaban aún en sus pedestales, aunque abiertos y mutilados. La depredación y saqueo en busca de tesoros había comenzado diez años antes, en 1835, tras el definitivo abandono de los monjes a causa de la desamortización; los restos mortales de los reyes fueron sacados de sus tumbas y esparcidos por el suelo de la iglesia.

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Dos años después, en 1837, el rector de la iglesia de L’Espluga de Francolí, Antonio Serret, recogió estos restos esparcidos y los amontonó bajo la escalera que sube al coro de la parroquia de su pueblo. Este hecho llegó a oídos de la corte de Madrid y alertó a los encargados del Patrimonio. La reina gobernadora María Cristina emitió una Real Orden el 3 de mayo de 1840 pidiendo que:

… no sólo se le informe circunstancialmente acerca del estado en que se halla el panteón de Poblet, sino que todos los jefes políticos remitan a este Ministerio noticias de los templos de sus respectivas provincias en que existan sepulcros que por serlo de reyes o personajes célebres, o por la belleza y mérito de su construcción, merezcan conservarse cuidadosamente…

A pesar de eso, nada se hizo a favor de los restos de Espluga. En 1856, Pedro Gil que era comprador de fincas desamortizadas de Poblet, al enterarse del estado en que se hallaban los restos reales, costeó unos ataúdes de madera, donde fueron provisionalmente depositados y los envió a Tarragona para ser acogidos por la catedral. Los restos de Jaime I estuvieron expuestos al público durante algún tiempo, en la capilla Corpore Christi del claustro. Cuando en Valencia se enteraron de esto reclamaron para sí los restos de este rey a lo que Tarragona respondió con la promesa de hacer en el plazo de dos años un monumento funerario digno de los reyes de Aragón. La idea era aprovechar para tal proyecto la arquitectura y escultura que quedara todavía en el Poblet abandonado.

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Se formó a tal efecto un equipo formado por el arqueólogo Buenaventura Hernández Sanahuja (1810-1891), el escultor Bernardo Verderol con su ayudante José Jiménez, más un albañil con cuatro peones y un cantero. El trabajo que realizaron no fue muy profesional, arrancando y apalancando los elementos arquitectónicos y escultóricos, para a continuación llevarlos a un carro que los transportaría a Tarragona sin previa colocación ni protección, con lo que llegaron en estado de casi total destrucción. A la vista de los resultados, estos elementos se guardaron en los sótanos del Ayuntamiento de Tarragona. Con la muerte del arqueólogo Sanahuja nadie se volvió a acordar de aquel depósito hasta que en 1894 y con motivo de unas obras para convertir aquel lugar en escuela se encontraron estos restos que inmediatamente se trasladaron al museo que tenía establecido el propio Ayuntamiento. Más tarde, ya entrado el siglo XX viajaron de nuevo todas estas piezas que fueron depositadas en el Museo Arqueológico Provincial de Tarragona, en una sala destinada a objetos medievales.

En el año 1930 se creó el Patronato de Poblet para ayudar a recuperar las viejas piedras y obras de arte que aun quedaran. También se creó una Hermandad de Amigos del Monasterio. Poco a poco se fueron recuperando espacios del monasterio y en 1940 ya pudo restaurarse la vida monástica.

En 1942, el Ministerio de Educación se hizo cargo de la restauración de los sepulcros reales. El proyecto era volver a emplazar los arcos escarzanos y los sarcófagos tal y como se sabía que habían existido. El arquitecto provincial responsable de la obra fue Monravá y el escultor responsable de restituir la escultura fue Federico Marés que hizo una obra insólita trabajando con los 500 fragmentos informes de alabastro que pudo reunir, procedentes de la obra original. Aun siento tantos los fragmentos, representaban tan solo el dos por ciento de lo perdido. Marés utilizó para la restauración el alabastro procedente de Beuda en Gerona, la misma cantera que había abastecido a los artistas del siglo XIV. Durante diez años estuvo trabajando en este rompecabezas, con gran paciencia y profesionalidad.

Terminado el trabajo con éxito, la Administración quiso celebrarlo organizando tres exposiciones en Madrid, Zaragoza y Barcelona. El traslado de las esculturas recién restauradas se hizo en camión descubierto. En uno de los viajes cayó una gran tormenta de agua que ocasionó graves daños. De nuevo tuvo que intervenir el escultor Marés reparando aquellos desperfectos. Finalmente en 1952 se inauguró en Poblet la obra de los sepulcros que es el monumento que puede verse hoy.

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Nota Re: MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
EL MONASTERIO DE POBLET SEPULCRO DE LOS REYES DE ARAGÓN

LAS ESTATUAS FUNERARIAS DE LOS REYES DE ARAGON
EXPOSICIÓN EN LA ANTIGUA CAPILLA REAL DE SANTA AGUEDA
BARCELONA 1946



Antes de finalizar el siglo XIV, el rey Pedro el Ceremonioso puso en orden el protocolo de la Corte tan cumplidamente, que alcanzó a más allá de la vida terrenal de los reyes. A él se debe el propósito de convertir la iglesia de Santa María de Poblet en panteón general de los reyes de la Corona de Aragón, abandonando el sistema de sus antecesores inmediatos que habían dispuesto, según su inclinación o devoción individual, que su entierro se verificase en Barcelona, Lérida, Poblet o Santes Creus. Pedro el Ceremonioso volvía a la antigua costumbre de los Condes de Barcelona y de los primeros reyes de Aragón que había convertido los monasterios de Ripoll o de San Juan de la Peña en panteones colectivos.
También la realización del propósito fué debida a la decisión y tenacidad del rey Pedro que buscó los artistas, revisó y modificó los planes, comprobó diversas veces el progreso de las obras y dictó las abundantes y detalladas disposiciones que se conservan en los registros de su Cancillería y que hoy nos guían para comprender el largo proceso de aquellas construcciones. En 1340, a los cuatro años de su coronación, y poco después de una visita a Poblet, inició el rey Pedro sus actividades relacionadas con los sepulcros reales, actividades que debían durar tanto como su reinado. Poco antes de morir, en 1386, todavía seguía escribiendo el rey al abad de Poblet dando instrucciones sobre las construcciones funerarias y mandándole escudos y y enseñas para su decoración heráldica.
Desde un principio se destinó para emplazamiento de los sepulcros el espacio comprendido entre los pilares laterales del crucero de la iglesia, a semejanza de lo que se había hecho en Santes Creus con los sepulcros de Pedro e1 Grande y Jaime II. Los escultores escogidos fueron el maestro Aloy y Pedro de Guines, aunque, ya desde 1349, el nombre de Pedro de Guines se halla substituído en los sucesivos encargos por el de Jaime Cascalls.
Hacia 1360 el plan de los monumentos sepulcrales fué esencialmente modificado; se ideó entonces la construcción de dos arcos estribos en los pilares del crucero, para colocar encima los sarcófagos, decorados con las estatuas yacentes de los reyes y de sus esposas en las dos vertientes de la cubierta, y con relieves representando escenas de las ceremonias funerales en los frentes de las cajas. De acuerdo con este segundo plan, que aún sufrió algunas modificaciones, fueron construídos los panteones reales, con tres sepulcros en cada uno de los arcos.
El rey Pedro el Ceremonioso logró ver realizado buena parte del propósito que le tuvo obsesionado durante muchos años de su vida. Pudo contemplar terminados y elevados a sus correspondientes emplazamientos los sarcófagos de sus antecesores en la Corona de Aragón, los reyes Alfonso el Casto y Jaime el Conquistador. Dejó asimismo resuelta la construcción de su propio sepulcro en el que debían acompañarle sus tres esposas. Su primogénito, e1 rey Juan el Amador de la Gentileza, tuvo asimismo su enterramiento en Poblet pero no su otro hijo, rey también, con el nombre de Martín el Humano; porque careció de sucesor en su dinastía y nadie cuidó de la monumentalidad de su sepulcro.
La nueva Casa reinante, la de Antequera, mantuvo en Poblet el carácter de panteón real, hasta que, con el rey Fernando e1 Católico, unidos Aragón y Castilla, quedó rota la tradición iniciada en el siglo XIII por Alfonso e1 Casto y elevada a categoría de ritual obligado por Pedro el Ceremonioso.
Mientras tanto se había unido a Jaime Cascalls en el trabajo de los sepulcros su esclavo Jordi de Deu, a quien fueron tanbién encargados los sepulcros de varios infantes. Más tarde fueron a Poblet para la obra de las tumbas de Fernando de Antequera y de Juan II, los escultores Pere Oller y Gil Morlans.
El P. Jaime Finestres, monje populetano del siglo XVIII, en su Historia de Poblet, describe minuciosamente los sepulcros tal como perduraban en su tiempo con estas palabras:
"Son todos los dichos seis sepulcros de fino alabastro labrados por uno y otro lado de imaginería pequeña que retratan las victorias de los mismos Reyes y la pompa funeral de sus entierros. Y en lo alto de los sepulcros sobre la cubierta de las tumbas se representan los propios Reyes en estatuas también de alabastro tendidas, unas con vestido real, otras con hábito de diácono y otras con el hábito en que fueron sepultados y en algunas de ellas están asimismo representadas las Reynas sus mugeres, en estatuas tendidas al lado de sus maridos. Entre las imágenes y estatuas puso el artífice diversos vidrios azules y dorados que, simulando ser pavimento, las hacen resaltar con más hermosura. Sobre los sepulcros de uno y otro lado y cruzero están, como pendientes de pilastra a pilastra, unos cobertizos de madera que sirven de dozel a los Reyes difuntos; son de escultura bien primorosa, dorados con alguna variedad de colores y forman por la parte superior unos hermosos pináculos y por la inferior rematan en tres arcos que recogiendo la luz la reparten con igualdad a los sepulcros que les están debajo. En la parte media o inferior forman tres bóvedas o cielos azules con muchas estrellas de oro y cada bóveda o cielo cubre el sepulcro que le está debajo.

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Nota Re: MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
"En los referidos seis Reales Sepulcros están enterrados los Serenísimos Señores Reyes de Aragón por el orden siguiente: en el primero y más inmediato al presbyterio por la parte de la Epístola yace el Rey Don Alonso II, que murió a 24 de Abril de el año 1196. Tiene sobre la tapadera de el sepulcro dos estatuas o imágenes suyas de alabastro tendidas, una a la parte de la Capilla Real, vestida con hábito de diácono y corona de laurel en la cabeza, y a la parte que mira al Cementerio con cogulla cisterciense, hábito con que quiso ser sepultado por mucha devoción que tuvo a la Orden y a este su Monasterio.
"En el sepulcro corresponiente a la parte de el Evangelio yace el Rey Don Jayme Primero, llamado el Conquistador, que falleció monje profeso de este Real Monasterio a 27 de julio de 1276; míranse las dos estatuas de alabastro tendidas, la que mira a la Capilla Real, vestida con todos los ornamentos reales, y la que mira a la Sacristía vieja o Dormitorio de jóvenes, vestida con la cogulla cisterciense.
"En el segundo sepulcro de la parte de el Evangelio inmediato al del Rey Don Jayme yacen el Rey Don Pedro Quarto de Aragón que murió a 5 de Enero de 1387, y sus mugeres la Reina Doña María de Navarra, que falleció en el año 1347, la Reyna Doña Leonor de Portugal, que murió en el siguiente 1348, y la Reyna Doña Leonor de Sicilia, que falleció en el de 1375. Míranse sobre la cubierta de el sepulcro cuatro estatuas de alabastro tendidas: la de el Rey vestida con hábitos de diácono, y con el puñal en la mano, y a su derecha la estatua de la Reyna Doña Leonor de Sicilia, su tercera muger, con corona y demás ornamentos Reales, ambas a la parte que mira a la Capilla Real; y a la parte que mira a la Sacristía vieja, la estatua de la Reyna Doña María de Navarra, su primera muger, inmediata a la de el Rey, y luego la de la Reyna Doña Leonor de Portugal, su segunda muger, todas con hábito y diadema de Reyna.
"En el sepulcro segundo de la parte de la Epístola yacen el Rey Don Juan Primero, hijo de el dicho Rey Don Pedro, el cual murió a 19 de Mayo de 1396 y sus dos mugeres la Duquesa Doña Matea que murió el año 1380 y la Reyna Doña Violante que falleció en el de 1430. Sobre el sepulcro se miran tres estatuas de alabastro tendidas: la de el Rey a la parte de la Capilla Real con dalmática y corona en la cabeza, y a la parte que mira a la Sacristía nueva se ve la estatua de Doña Matea, su primera muger, adornada de una guirnalda de flores en la cabeza y la corona de Reyna en las manos, y a la izquierda de el Rey la estatua de la Reyna Doña Violante, su segunda muger, con vestido y corona de Reyna.
"En el sepulcro tercero de la parte de el Evangelio havía de estar enterrado el Rey Don Martín, hermano de el dicho Rey Don Juan a quien sucedió en la corona de Aragón y falleció a 31 de Mayo de 1410, y viviendo havía encargado a su hijo y heredero Don Martín, Rey de Sicilia, que le fabricasse allí su sepulcro igual a los de sus Predecesores; pero por haver muerto antes su hijo y sucedió el Interregno, no cuydó el Sucessor electo Rey Don Fernando Primero de labrarle sepulcro, así que se quedó depositado en Barcelona hasta el año 1460 en que fué traído a Poblet y colocado debajo de los arcos Reales entre los duques de Cardona, como veremos más adelante. Yace, pues, en dicho sepulcro el Rey Don Fernando Primero, que sucedió al dicho Rey Don Martín, y murió a 2 de Abril de 1416, y sobre su sepulcro se miran dos estatuas suyas de alabrastro de las cuales la que mira a la Sacristía o Dormitorio de los jóvenes está armada de punta en blanco, y la que mira a la Capilla Real está con hábito de diácono. Y se deve advertir que aunque a su mano derecha se mira la estatua de la Reyna Doña Leonor su muger, no está su cadáver en el sepulcro; pues haviendo sobrevivido al Rey su esposo hasta el año 1435 falleció en Medina de el Campo en un Monasterio de Religiosas de la Orden de Santo Domingo, llamado Santa María la Real de las Dueñas, que ella había fundado, en el cual profesó y fué sepultada y no fué traida a Poblet como lo havía dispuesto antes de hacerse religiosa; y pensando el Rey Católico, su nieto, que mandó fabricar el sepulcro, que la dicha Reyna yacía en Poblet en tumba de madera, como el Rey Don Fernando su abuelo, y que a su tiempo se pondrian en el sepulcro marido y muger, mandó esculpir en él la estatua de la Reyna, su abuela.
"En el sepulcro tercero de el lado de la Epístola, yace el Rey Don Juan Segundo hijo de el dicho Rey Don Fernando, que sucedió a la Corona de Aragón, por muerte de el Rey Don Alonso Quinto su hermano, que por haber fallecido en Nápoles quedó allí depositado como despues veremos. Murió el Rey Don Juan a 19 de Enero de 1479 y por haverle fabricado el sepulcro su hijo el Rey Don Fernando el Cathólico, mientras estava el dicho Rey Don Alonso depositado en Nápoles, fué en él sepultado al mismo tiempo que el Rey Don Fernando Primero su padre en e1 suyo. Yace con él su segunda muger la Reyna Doña Juana que murió el año 1468. Míranse dos estatuas de el Rey tendidas, una a la parte de la Capilla Real con manto talar de Rey guarnecido de mucha pedreria y otra a la parte de la Sacristía nueva, con armadura de punta en blanco, y la estatua de la Reyna Doña Juana vestida muy a lo rico y con diadema de Reina, a la parte de la Capilla Real." .
Inmediato a los sepulcros descritos, se levantaba al lado del Evangelio, el del Rey Alfonso el Magnánimo, y frontero a éste, a la parte de la Epístola, el del Infante Enrique de Aragón, primer duque de Segorbe, hermano de el Magnánimo. Ambos sepulcros fueron mandados construir por Pedro Antonio de Aragón y terminados en los años 1671 y 1673. Debajo de los arcos escarzanos sobre los que se construyeron las tumbas reales, habilitaron los duques de Segorbe y Cardona dos cámaras sepulcrales para los miembros de su casa.
En este estado aparece reproducido el conjunto de los sepulcros reales en un grabado de la obra de A. de Laborde Voyage pittoresque et historique de l'Espagne publicada en París el año 1806, anterior, pues, a la destrucción de 1835, y en una litografia de Parcerisa, que visitó el Monasterio en 1839, cuando el estado de abandono aún permitía hacerse cargo de la disposición de los monumentos.

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Nota Re: MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
DESTRUCCIÓN Y RESTAURACIÓN DEL MONASTERIO.
RESTITUCIÓN DE LOS SEPULCROS REALES

En el año 1835, la persecución de religiosos desatada como incidencia de la guerra civil, (se refiere a la primera guerra carlista) obligó a los monjes de Poblet a abandonar el Monasterio. No tardaron en caer sobre tal presa los incendiarios y los saqueadores que, si bien al principio se cebaron solamente en objetos de fácil traslado, se dedicaron después a la busca de supuestos tesoros aun dentro de los sepulcros reales. Fueron entonces rotas las cubiertas, y fueron tiradas al suelo la mayor parte de las momias, que pudo recoger, en 1837, mosén Antonio Sarret y llevarlas a su parro-quia, la vecina iglesia de la Espluga de Francolí.
El abandono continuó varios años, durante los cuales fué aumentando la devastación a la cual contribuyeron, además de los buscadores de tesoros, muchos visitantes desaprensivos, algunos guardadores de poca lealtad y los negociantes en antigüedades.

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Los sepulcros reales y los de los Infantes, el Altar mayor y otras muchas obras de arte, góticas y renacentistas, fueron de este modo destruídas, salvándose únicamente aquellos fragmentos que la Comisión Provincial de Monumentos de Tarragona, creada por entonces, pudo proteger en el mismo Monasterio o en el Museo de Tarragona. Al Museo de Tarragona fueron llevados en 1843 los restos humanos de los reyes, gracias al benemérito ciudadano de Barcelona don Pedro Gil, ascendiente del que fué Presidente del Patronato de Poblet D. Pedro Gil Moreno de Mora.
Al efecto, acomodó los restos de Don Jaime e1 Conquistador en una caja de nogal, y los demás en siete cajas de pino, y los entregó a la superior autoridad civil de la provincia, de quien pasaron, unos meses más tarde, al depósito de la Catedral de Tarragona donde permanecen todavía, los de Don Jaime en el decoroso sepulcro que se habilitó en el trascoro, y los restantes en la misma caja de nogal que sirvió para transportar los del Rey Conquistador, convenientemente agrandada para contenerlos, en una dependencia catedralicia.
Los restos de las tumbas corrieron suerte diversa: los fragmentos de más valor o atrayente visualidad, fueron desapareciendo del abandonado recinto monacal, y los que no salieron de él quedaron mutilados. Algunos años más tarde, se suscitó una discusión entre el Municipio de Valencia y el de Tarragona, sobre la precedencia en el derecho a guardar los despojos del Rey Conquistador, controversia que resolvió la Real Orden de 14 de Mayo de 1853 que falló el pleito en favor de Tarragona, a condición de que en el plazo de dos años se construyera en dicha ciudad un monumento en consonancia con el noble depósito que se le confiaba, y disponía que el incumplimiento de lo establecido implicaba la renuncia del derecho concedido, en favor de Valencia.
El Ayuntamiento de Tarragona, y en su nombre la Junta de Obsequios nombrada al efecto, determinó construir el mausoleo del Conquistador a base de fragmentos procedentes de las tumbas reales y principalmente de las de los Cardona, entonces todavía en pie, aunque muy mutiladas y sin que el desamparo oficial llevara trazas de sufrir una rectificación beneficiosa que pusiera fin a tanto desastre. El acuerdo de la junta de Obsequios determinó el traslado a Tarragona de los materiales de Poblet que se precisaban para la obra, que consistieron en el sarcófago de Don Jaime, todo lo que quedaba del Panteón de los Cardona del lado del Evangelio y varias piezas del de enfrente, llevándose al propio tiempo otras piezas escultóricas que se encontraban dispersas en la Iglesia de Poblet, las cuales, juntamente con lo que sobró de la composición del Panteón de Jaime I en la Catedral de Tarragona, se depositaron en el Museo Arqueológico Provincial, donde han permanecido hasta 1933 en que por disposición de la Superioridad fueron devueltas a Poblet.
El propósito de atender a la restauración de los sepulcros reales de Poblet, se formuló repetidas veces desde que las circunstancias generales parecían propicias, pero no pudo iniciarse realmente hasta que, creado el Patronato de Poblet, logró su primer presidente, D. Eduardo Toda, poner en práctica el deseo que desde muy joven había abrigado. Consiguió el Sr. Toda reunir en Poblet gran cantidad de fragmentos escultóricos procedentes de los sepulcros reales y que formaban parte de colecciones públicas o particulares. Con ellos y con otros muchos objetos restituídos y otros que fueron hallados durante el desescombro del monasterio, formose el Museo de Poblet, una de cuyas finalidades era el poder reunir hasta los más pequeños fragmentos de alabastro pertenecientes a cada uno de los sepulcros reales para intentar su restauración.
La reconstrucción arquitectónica del monasterio absorbió por entonces no pocas de las actividades del Patronato. Así pudo lograr la consolidación de gran parte de las construcciones, y crear una corriente general de simpatía y protección hacia el antiguo cenobio cisterciense, restituído a la vida religiosa, pero no pudo ver realizada, a pesar de los reiterados esfuerzos para lograrla, la restauración de los sepulcros reales.
Era, sin embargo, necesaria la restauración de los sepulcros, no sólo por su alta significación histórica y artística, sí que también para borrar el estigma de barbarie que pesaba sobre nuestra conciencia colectiva. Dicha tarea, como necesidad apremiante, destacaba sobre la obra global de restauración, una vez consolidada esencialmente la fábrica de la iglesia y restituída ésta a su primordial y sagrada función. Era lógico que se pensara en el antiguo esplendor de la mole pétrea, en todas y cada una de sus partes; pero era necesario no olvidar también el espíritu que dió vida y desarrollo a la magna obra, infundiéndole de nuevo el aliento emocional de nuestra grandeza y de nuestra historia.
Se imponía una reparación urgente, sin nueva demora. Entendiéndolo así el Patronato de Poblet, y dada la cualidad de monumento nacional del Cenobio, elevó aquél al Gobierno la oportuna demanda, debidamente documentada, solicitando la inmediata restauración de los mausoleos reales. Habida cuenta de su alta significación histórica y de su actual trascendencia, la Dirección General de Bellas Artes, por expresa y especial recomendación del Ministerio de Educación Nacional, y previo acuerdo del Gobierno aceptando la propuesta del Patronato, asumió la fiscalización plena de la obra, incluyendo para ello en los Presupuestos generales del Estado, la correspondiente consignación inicial.
No sólo pensó el Patronato - y con él el Gobierno - en la restauración inmediata de los sarcófagos reales, sino en algo más primordial aún para la historia y el prestigio del Cenobio: el traslado a Poblet de los restos mortales de los reyes, que, salvados de la destrucción, se hallan depositados, desde hace más de un siglo, en la catedral tarraconense. Esta determinación trascendental, que debía infundir nueva orientación histórica al Monasterio en tanto le devolvía su alta significación de depósito sagrado de reyes -, daba la pauta a seguir en los trabajos de reconstrucción de los panteones.
No se trataba de la simple restauración arqueológica, con destino a museo, de algo que, con el tiempo, por la vesania de unos y el abandono de otros, dejó de ser y perdió la augusta finalidad para que fué creado; sino de una restauración viva, substancial, a la que, ante todo, debía devolverse su egregia significación, restituyéndole su fin inicial y estricto: cobijar los restos mortales de los monarcas de la gloriosa dinastía catalano-aragonesa, que fueron alma impulsadora de la grandeza material y espiritual del Monasterio.
Determinada por la Superioridad la orientación a seguir, contando con la plena certeza de que la restauración se realizaría con el máximo decoro, con toda la dignidad que su capital importancia histórica y artística exigía, se logró que el escultor D. Federico Marés aceptase el honroso y difícil encargo de la restauración de las esta-tuas yacentes de los sepulcros.

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Nota Re: MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
LAS ESTATUAS FUNERARIAS DE LOS REYES DE ARAGON
2ª PARTE

RESTAURACIÓN DE LAS IMÁGENES SEPULCRALES DE LOS REYES
Con la plena responsabilidad de su nada fácil cometido, emprendió el escultor Marés la espinosa tarea de trazar el mejor plan para la labor a realizar, el que reuniera más garantías y probabilidades de éxito en relación con la categoría de la obra. Tarea ardua, en verdad, compleja y llena de dificultades, que requería una preparación lenta, madura y costosa.

Ante todo, estableció el Sr. Marés un trabajo previo de exploración - meticuloso y metódico - de todo aquello que podía facilitar su labor. Se consagró primero a la búsqueda de cuanto se ha escrito sobre Poblet. Había que aprovechar el más mínimo dato, siempre que fuese útil al fin propuesto. Requirió la colaboración de cuantos podían facilitarle su difícil tarea y, en especial, la de los expertos en estudios del medioevo.

Desgraciadamente, había que descartar la documentación gráfica de las tumbas reales, ya que la existente - los grabados de Laborde y de Parcerisa - eran simples, aunque deliciosas, estampas de evocación romántica, puras interpretaciones subjetivas, donde la fantasía, ensoñadora y nostálgica, suplía la fidelidad objetiva, el valor estrictamente documental.

Si por desdicha, pues, no podía contar con documentos gráficos directos no falló, por fortuna, la documentación histórica, que hubo de proporcionar una ayuda eficaz. En este sentido, hay que destacar dos obras fundamentales; una de ellas, excepcional para todo cuanto atañe al glorioso Cenobio: la Historia de Poblet, del P. Finestres, monje cisterciense; la otra, también extraordinariamente interesante para los estudios de la Edad Media, se titula Documents per 1'Historía de la Cultura Catalana Mig-eval, de Rubió y Lluch. Gracias al P. Finestres - testimonio ocular del siglo XVIII, que vivió la vida del Monasterio y pudo estudiar y describir los panteones en plena conservacion -, hoy podemos conocer exactamente muchos pormenores relativos a los sepulcros, de manera especial en lo que respecta al orden de su colocación, cuáles pertenecían al arco del lado del Evangelio y cuáles al de la Epístola, el orden que a su vez mantenían entre sí los sepulcros, el emplazamiento de las estatuas yacentes, y los símbolos, representaciones reales e indumentaria de cada una de ellas.

Sin el libro del P. Finestres, no hubiese sido posible atender a la labor de restauración con la pulcritud que exigía la índole de la obra. La garantía documental de un testigo ocular que pudo observar y estudiar a fondo, durante años, las tumbas reales en su estado de perfecta conservación, ha tenido en este proceso un valor incal-culable. Desgraciadamente, la citada obra del P. Finestres no es todo lo extensa que sería de desear, pero sí completa en lo referente a la colocación de los sepulcros y de las estatuas reales. Este aspecto queda resuelto de una manera precisa, sin vacilación alguna. No así en lo que afecta a la iconografía. Nos da a conocer el indumento de cada figura; sabemos si las estatuas vestían hábito, cogulla cisterciense o dalmática de diácono; si manto real o armadura completa; si llevaban corona - real o de laurel - o diadema de flores. Pero nada más. No se especifica la interpretación que los escultores dieron a la indumentaria y, sobre todo, no describe, como es natural, la actitud de las figuras yacentes, cómo tenían colocados los brazos y si llevaban o no algún cetro o símbolo real. Es decir, nos habla de los ornamentos reales, pero sin concretarlos. De la estatua de Pedro el Ceremonioso, nos dice que ostentaba su característico puñal en la mano, pero sin detallar en qué forma: si cruzados ambos brazos, o sólo sobre el pecho, o sencillamente tendido a su diestra. Unas veces, al referirse a las tres esposas de el Ceremonioso, nos habla indistintamente de coronas y de diademas, sin distinguir detalle alguno diferencial.

La citada obra de Rubiá y Lluch, Documents per l’Historía de la Cultura Catalana Mig-eval, ha prestado también, a su manera, eficaz ayuda a la tarea de restauración. Pone en la mano los fondos del Archivo Real de la Corona catalano-aragonesa, admirable y único en documentación medioeval, y orienta en el estudio directo de los Registros de la Cancillería Real de el Ceremonioso, en lo referente a los sepulcros de Poblet. Esa documentación seleccionada y ampliada con otras apor-taciones, ordenadas correlativamente, permiten seguir - aunque con cierta irregularidad, debido a que una parte de dichos documentos reales (los comprendidos entre los años 1340 a 1349) se encuentra bastante deteriorada - el proceso que siguió la obra de las tumbas, los escultores que trabajaron en ellas, las modificaciones sufridas por las mismas y, sobre todo, la intervención personalísima de el Ceremo-nioso. Su estudio permite aclarar dudas, resolver detalles no exentos de interés; y, ante todo, da a conocer el ambiente de la época en que se desarrolló la obra de las sepulturas reales.

"Ese conocimiento del ambiente de la época - dice e1 propio escultor Marés - era cuestión previa y fundamental; sin ella tampoco hubiera sido posible llevar a cabo la restauración con el mínimo de garantías exigido por un trabajo de esta especie. Un sólo ejemplo, entre los muchos que podría citar, será suficiente para poner de relieve cómo la documentación real colaboró con gran eficacia en mi labor. Tenía yo vagos indicios sobre la procedencia del alabastro utilizado por los escultores que, en el siglo xrv, labraron la obra - sueño de rey y de artista - de Pedro e1 Ceremonioso; conocía su calidad, pero ignoraba la situación de la cantera. Era para mí fundamental localizarla y, sobre todo, me era indispensable disponer de una cantidad del mismo alabastro, suficiente para suplir los fragmentos que faltaban en las estatuas. Algún documento real aludía al alabastro de Belda. Pero Belda no existía, no se tenía conocimiento de dicha localidad; llegué a poseer indicios de que era el Ampurdán la región donde se encontraba la cantera, pero Belda no figuraba en la comarca ampurdanesa.

"Nuevas investigaciones en el Registro de la Cancillería, me dieron por fin la clave de la incógnita, en una Carta Real dirigida a los fieles vegueres de Gerona y Besalú y a todos y a cada uno de sus oficiales presentes y futuros, y a sus lugartenientes, decía el Rey: "Como Jaume de Cascalls, maestro de obra de la Seo de Lérida, con el fin de construir mi sepulcro y los de las reynas mis esposas, tenga que hacer trasladar muchas piedras desde la cantera de Belda, de la dicha veguería de Gerona, hasta el puerto de Rosas, y desde aquí, por vía marítima, a Tarragona, y desde esta ciudad al Monasterio de Poblet..."

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Nota Re: MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
"La alusión a la villa de Besalú me abría nuevos caminos de posible aclaración. Efectivamente: en dicha localidad me informaron que, si Belda era desconocida, existía, en cambio, Beuda. La diferencia de letra debía atribuirse a una deformación fonética muy corriente en aquel tiempo. Encontré, por consiguiente, Beuda, en cuyo término municipal se hallan las canteras de Sagaró, hoy explotadas modestamente en la fabricación exclusiva de yeso - absorbido por los pueblos limítrofes - que apenas si trasciende del referido término. El alabastro de Sagaró era, en efecto, el que buscábamos, el mismo que emplearon los escultores del siglo XIV al labrar las sepulturas reales. Los laboratorios de la Diputación Provincial de Barcelona - de máxima solvencia científica en trabajos de esta índole - no sólo confirmaron mi suposición, sino que demostraron, por medio de una serie de análisis articulados y comparativos - químicos y de resistencia mecánica por presión, flexión y desgaste -, la superioridad de aquel alabastro sobre todos los demás conocidos, así como el espíritu de selección de el Ceremonioso al renunciar a las facilidades que le brindaban las canteras próximas al Monasterio, en gracia a la calidad del alabastro de Beuda, muy superior, aunque ello implicase vencer las mil dificultades de todo orden que su obtención requería en aquella época y que hoy aún subsisten, debido a la distancia que media entre el Monasterio y la cantera, con caminos de tránsito difícil.

"Explorando las estribaciones pirenaicas, - sigue diciendo el señor Marés - encontré una cantera más distanciada, con huellas de haber sido explotada siglos atrás. Creí en la posibilidad de hallarme ante la misma de donde se habían extraído los bloques para los sepulcros reales. Además, el alabastro me pareció incluso, de mejor clase. Y hoy puedo afirmar que es muy posible que los bloques de que me he valido hoy para completar los fragmentos de ayer en perfecto ensamblaje, los haya restituído de nuevo, después de 584 años de separación, a su primitiva unidad inicial, no faltándome razones para creer que, en efecto, haya sido así. Anoto este detalle no por su curiosidad -que bien poca cosa sería en esta clase de trabajo-, sino por lo que representa y significa en orden a la seriedad con que he procurado proceder en tan delicada labor".

A través de la documentación de el Ceremonioso, es relativamente fácil conocer a los escultores que colaboraron en los panteones reales. Lo que ya no es tan fácil es averiguar cuál fué la participación de cada uno de ellos. El conocimiento de ambos extremos era fundamental para la obra de restauración.

Desgraciadamente, el número de fragmentos conservados de los sepulcros reales y, en particular, de las estatuas yacentes, era tan reducido, y la mayoría de ellos se hallaban tan deteriorados, que representaban la mínima proporción. Había que buscar la manera de subsanar y suplir el vacío que la falta absoluta - lógica y natural - de documentación gráfica planteaba. Para ello, parecía que lo más adecuado era reemplazarla con la obra conocida de los propios escultores que colaboraron en los sepulcros reales. Por tanto, era necesario recoger, ordenar y agrupar toda su obra conocida para que sirviera de punto referencial. La ejecutoria de un artista, globalmente considerada, presenta características, tendencias y modalidades que revelan su personalidad inconfundible. Estas modalidades y características de orden estilístico y técnico, determinan períodos de influencia en la obra de cada artista, reflejados o agrupados en círculos de mayor o menor extensión, según sea mayor o menor dicha influencia con relación a la intensidad y duración de la misma, ya sea de orden personal, ya fruto de una inquietud artística o de simple influjo pasajero, reflejo del medio ambiente circundante. De ahí que, al reconstruir una obra incompleta, sin base referencial alguna de su totalidad, el mejor documento de orientación lo proporciona la propia obra del artista creador, comprendida dentro del área de una influencia determinada.

No pocas dificultades hubo que vencer para constituir un archivo documental a base del estudio directo de la escultura del trescientos, difícil y limitado campo de exploración en el que se pierden y confunden no pocos valores inciertos, en una constante nebulosa de contradicciones y dudas, y del cual tan poco sabemos y tánto queda por investigar, pues apenas si conocemos media docena de esculturas y aun de una manera incompleta y vaga.

La selección y agrupamiento de toda la obra reconocida como debida a cada uno de los escultores antes aludidos, ordenada y clasificada por épocas y por círculos de influencia - previa su confrontación-, proporcionó un estimable elemento de consulta y referencia sobre el que se pudo fundamentar toda la labor reconstructiva.

Si a esta documentación gráfica o plástica, se añade la de carácter histórico, ya mencionada, procedente de los Registros de la Cancillería del Patrimonio Real, y los datos que, sobre los sepulcros, proporciona el primer volumen de la Historia de Poblet, del P. Finestres, así como el valor primordial de los propios fragmentos - que, ante todo y por encima de todo, marcaban la pauta inicial -, la base de sustentación, el andamiaje sobre el que debía desarrollarse todo el trabajo, podría considerarse completo.

Las diecisiete estatuas de alabastro que decoraban los sepulcros, la obra que, proyectada por Pedro el Ceremonioso, absorbió todo su reinado y fué concluída por Fernando el Católico, y en la que se cebó la barbarie humana, quedó convertida en un informe montón de piezas, en número superior a quinientas, en su mayoría materialmente trituradas. La contemplación de tanta ruina era impresionante, cohibía el espíritu y sublevaba la razón humana y la conciencia histórica. Del caos, de las tinieblas, en función de creador, de ordenador, había que vertebrar de nuevo, estructurar, dar forma y nuevo aliento a tantos fragmentos dispersos, disgregados por la violencia feroz de unos y el interés preconcebido de otros.

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Nota Re: MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
Se imponía una clasificación general de los fragmentos, un estudio previo de cada pieza y el comparativo entre ellas, así como establecer los puntos referenciales de apoyo para ulteriores clasificaciones que permitieran la de carácter definitivo, por estatuas. Había que precisar los círculos de influencia por filiación de técnica y estilo. Ello requería, ante todo, un examen de las características de cada escultor, de la manera interpretativa peculiar en cada uno, del trazado del ropaje, de la forma, de la ornamentación, y de su realización técnica en la materia alabastrina. Es de justicia reconocer la labor de selección realizada por el artífice D. Juan Mestres, con adhesión y entusiasmo dignos de loa, en tiempos del gran patricio D. Eduardo Toda, a cuyas órdenes trabajó.

Copiamos de nuevo palabras de D. Federico Marés :
"La excesiva fragmentación de las estatuas y el roce que sufrieron en el transcurso de los años, dificultaban enormemente el buen ensamblaje de los trozos. La única solución que existía para este problema era la derivada del estudio estilístico y técnico. La escultura del siglo XIV es prolija en ornamentación; los maestros de aquellá época - el concepto de artista, como flor de lograda superación y refinamiento espiritual, nace en el Renacimiento - eran, ante todo y sobre todo, maestros de oficio, forjados en el trabajo cotidiano, formados en los núcleos de las grandes catedrales y monasterios. Por encima de cualquier otra cualidad, se habían destacado por su hábil dominio técnico, por su experta maestría, conocedora de todos los recursos y secretos del oficio. Eran artífices indiscutibles, que se recreaban en el prodigio de bordar el alabastro con un primor jamás superado. Por esta razón, la escultura del trescientos es esencialmente florida y hábil de ejecución. Inclinada siempre a la pompa ornamental, bordaba materialmente las dalmáticas de las imágenes reales y las de los santos y mártires; los mantos de las Vírgenes y de las figuras del Antiguo y Nuevo Testamen-to. Todas ellas ostentaban ricos brocateles, que el oro hacía destacar aun más, con apariencia de verdaderos brocados. Toda esta ornamentación, a base de figuras geometrizadas, constituía una sola unidad de composición independiente, relacionada con la totalidad por sucesivas repeticiones.

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"El concepto, la interpretación más o menos estilizada, el uso de cinceles especiales que caracterizan el temperamento, la técnica variable del escultor, son elementos apreciables que, comparativamente, permiten la clasificación de las piezas en grupos con rasgos inconfundibles. Si a todo ello se añade la calidad del alabastro en sus múltiples variaciones, la trayectoria de las vetas y la dureza y color que presentan los bloques, quedarán expuestos los elementos de que me he valido para la selección de los fragmentos en núcleos o círculos de influencia. Estos núcleos, subdivididos a la vez en otros tantos, dieron por resultado la obtención de los diecisiete grupos clasificados, equivalentes al número de estatuas reales.

"Clasificadas las piezas - cada una en su grupo respectivo -, había llegado el momento de componerlas y completarlas, hasta lograr para cada escultura una unidad, un conjunto morfológico, moldeando de nuevo todas las porciones desaparecidas. Era la etapa de mayor dificultad entre tantas ya de por sí complicadas y difíciles, la que exigía más cuidado y un estudio previo más concienzudo de toda la documentación reunida. Del enfoque y dirección iniciales, dependía el éxito o el fracaso rotundo de toda la labor.

"El reducido número de fragmentos -maltrechos y destrozados en su mayor parte - que de cada estatua poseíamos, inspiraba poca confiianza en el éxito futuro. Realmente, una vez situadas las piezas de cada figura, se adivinaba con facilidad el escaso valor que aquéllas, de por sí, hubiesen presentado, solas y aisladas, en la frialdad de un museo. Era esencial salvarlas del abandono y, restituídas a su primitivo emplazamiento, devolverles todo su valor venerable, con la misma significación con que fueron creadas para un destino, si humano, con proyección de eternidad. Con ello, no sólo devolveríamos una parte de su augusto sentido a los sepulcros, sino que los propios fragmentos se beneficiarían con un realce noble, con la debida dignidad.

"Fué trabajo lento y meditado la recomposición de las piezas, y más lento aún, si cabe, el completarlas con unidad y estilo, carácter y técnica; crear de nuevo, con sujeción a unos principios y formas escasamente apuntados; imaginar la totalidad de una estatua, su conjunto lineal inexistente, y componer masas y estructuras con pedazos incompletos que apenas si podían orientar acerca de la medida y volumen de las mismas.

"Había que dar, pues, a los fragmentos toda la importancia requerida, y cada uno de ellos debía constituir una reliquia que enalteciera y valorizara la nueva obra. Había que conservarlos, por tanto, en toda su integridad.

"En general, las grandes restauraciones que conocemos, las realizadas en-las grandes catedrales de Francia después de la guerra de 1914, las de algunas estatuas que, obra de grandes artistas de la antigüedad, se exhiben en los museos de Europa, no se llevaron a efecto con el máximo de garantía que reclama una labor tan difícil y, sobre todo, tan responsable. La conveniencia del artista -más inclinado y propicio al respeto a su obra que a la ajena-; las dificultades de orden técnico en el ajuste de las piezas, que exigía un trabajo lento, meticuloso, con la necesidad de un ensamblamiento perfecto; la renuncia personal, en vigilancia permanente, eran pospuestas, sacrificadas sin escrúpulo, a las conveniencias de orden práctico y de vanidad profesional.

"Si cabe mérito en nuestra labor, estribará indudablemente en el escrúpulo mantenido durante todo el proceso de la obra, en el cuidado y respeto con que han sido tratados los fragmentos originales que han constituido, en todo instante, nuestra preocupación fundamental. Ha sido tan exigente nuestro cometido en lo que respecta a la conservación de las piezas en su intregridad absoluta, que incluso en algunas _de ellas hemos conservado el interior desbaste realizado por el propio escultor al vaciarlas, para facilitar el ajuste de la estatua al saliente que existía en el plano inclinado de las tapas de algunos sepulcros, para que no resbalaran las figuras.

"Dejar al descubierto ese desbaste, implicaba la renuncia de la mejor base de sustentación de los fragmentos y de mayor seguridad para la estatua. Para ello fué necesario recurrir al montaje de las piezas siguiendo el mismo sistema empleado en la estructura de la bóveda, pero con las dificultades inherentes a la irregularidad en el grueso y en el peso de aquéllas.

"Una vez unidos los fragmentos con espigas especiales de metal inoxidable - prensadas, para obtener mayor resistencia y evitar los fallos de fundición -, fué montada cada figura sobre una estructura metálica que, a manera de chasis, diera seguridad. y permanencia al alabastro, debilitado por la composición de tanta pieza ensamblada. Sobre ese chasis interior, descansa y gravita todo el peso de la estatua. Cada armazón fué sometido previamente a varios baños resistentes, con el fin de evitar toda posible oxidación. Al construir dichos armazones, se previeron también los puntos de resistencia para la sujeción de las estatuas en las laudas sepulcrales.

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27 Oct 2009, 16:37
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Nota Re: MONASTERIO DE POBLET, TARRAGONA
"Particular estudio requería, asimismo, la materia aglutinante que debía servir para base de unión de los fragmentos. Fueron exigidas las máximas garantías, y a este fin encargado a laboratorios especializados el estudio analítico de todos los preparados en uso que, rudimentariamente, se emplean para esta clase de trabajos. Precipitados previamente, fueron sometidos a temperaturas alternas para comprobar el alcance de su resistencia. Como ya habíamos previsto, el resultado de estos productos es, de momento, excelente; pero con los años pierden eficacia y, a través del tiempo, se disgregan.

"Para subsanar esta dificultad y valiéndonos de los mismos laboratorios, se pudo lograr un análisis completo del alabastro, y, conocida su estructura y composición, el estudio del preparado correspondiente que ofreciera una garantía plena y absoluta. No fué cosa fácil conseguirlo, dadas las complicaciones comerciales que hoy existen. Y así, los resultados favorables obtenidos en las pruebas de laboratorio, se convertían en negativos en las pruebas realizadas en el taller. Las dificultades de adquisición - en cantidades suficientes - de las materias de que debía componerse la masa aglutinante, su escasez y consecuente encarecimiento, imposibilitaron su obtención con la pureza necesaria, sin la mixtificación que alteraba su contenido y, por tanto, e1 resultado previsto en los análisis a base de la materia pura.

"Al objeto de superar estos inconvenientes, propios de las circunstancias actuales, fueron estudiadas nuevas fórmulas, más simples, utilizando materiales corrientes que, por su escaso valor - y margen, por consiguiente, de toda posibilidad especulativa -, fuesen de fácil adquisición en el mercado. Y sólo así, luchando con los entorpecimientos y complicaciones anormales de esta época dificil, se pudieron alcanzar resultados totalmente satisfactorios.

"También fué necesario estudiar el logro de una solución que permitiera restituir a su dureza primitiva algunos fragmentos de alabastro adulterados por substancias extrañas y por la acción corrosiva del agua y del fuego, al extremo de que, parte de ellos, se descomponían al sólo contacto del aire. Gracias a la acción de aquélla fórmula, aplicada según la intensidad de la disgregación, más o menos calcinada, se pudieron salvar aquellas piezas amenazadas de una dispersión cierta, y hoy figuran en las estatuas restauradas, con la misma solidez que el resto del alabastro.

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"El resultado del paciente trabajo, del estudio documental y de la investigación directa, quedó de manifiesto en las exhibiciones de la obra realizada: las siete estatuas reales, expuestas, primero, en el Salón de Arte Moderno, de Madrid; por iniciativa del Ministerio de Educación Nacional; luego, en la Lonja de Zaragoza, bajo el patrocinio de las corporaciones oficiales de aquella ciudad; y por último en Barcelona, en la antigua Capilla Real de Santa Águeda, patrocinando la exposición el Ayuntamiento de la Ciudad.

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27 Oct 2009, 16:38
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