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 SAINT DENIS, PARÍS 
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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS
Mausoleo de María Leczinska 1703-1768, esposa de Luis XV e hija de Estanislao I de Polonia
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Su corazón se encuentra enterrado en NOTRE DAME DE BONSECOURS, NANCY



En las criptas de la Basílica también se encuentra el Corazón de Luis XVII al que le hemos dedicado un hilo especial, podéis visitarlo AQUÍ

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07 Ene 2010, 19:34
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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS
Como decíamos anteriormente, las tumbas fueron saqueadas y después se pudieron recuperar los restos de los Reyes pero en la mayoría de los casos fue imposible su identificación por lo que fueron enterrados juntos en las criptas debajo de la Iglesia.

En las criptas existen una serie de placas con las listas de losrestos allí enterrados:

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Aquí descansan las cenizas y osamentas de :

Felipe, llamado Dagoberto, hermano de San Luis.

Luis, primogenito de San Luis, fallecido en 1260

Juan, tercer hijo de San Luis. Fallecido en 1248

Blanca, hija primogenita de San Luis, fallecida en 1245

Luis y Felipe, hijos de Pedro, conde de Alençon, 5° hijo de San Luis

Ote, hijo de Felipe de Artois, fallecido en 1291

Transferidas (cenizas y osamenta) de la Abadía de Royaumont hasta la iglesia de Saint-Denis.

El primero de agosto 1791

(gracias a PrincessCheetah por la traducción)

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07 Ene 2010, 20:07
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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS
Otras de las placas con las listas de enterramientos en el cementerio de las criptas:
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07 Ene 2010, 20:08
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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS
En la parte más antigua de las criptas de la Basílica, encontramos sarcófagos en piedra esculpida, de nobles merovingios no identificados. Incluso algunos son más antiguos ya que la Basílica se construyó sobre un cementerio galo-romano

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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS
Una de las tumbas se identificó como la de Aregunda o Arnegunda, quizás la esposa de Chlotar I (o Clotario):

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En ella encontraron varios objetos entre ellos estos anillo y pendientes:

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07 Ene 2010, 20:14
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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS
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Armas reales de Francia. Vidriera situada en la cripta de la basilica. Delante podemos ver el busto de Luis XVIII

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Otro busto, este es Luis XIV, si no me equivoco:
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07 Ene 2010, 20:49
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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS
Busto de la Tumba de Marie de Francia 1326 - 1341, hija de Carlos IV y Jeanne d'Evreux
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Por Jean de Liege (activo 1360 - 1381)
Procede de la Capilla de Nuestra Señora La Blanca de Saint Denis
Mármol con incrustaciones de plomo, ca. 1381.

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Si no me equivoco, actualmente se encuentra en el Metropolitan de New York

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07 Ene 2010, 20:55
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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS

ALEJANDRO DUMAS
LAS TUMBAS DE SAINT DENIS



-En 1793, yo había sido nombrado director del Museo de monumentos franceses y, como tal, estuve presente en la exhumación de los cadáveres de la abadía de Saint-Denis, cuyo nombre los patriotas esclarecidos habían cambiado por el de Franciale. Cuarenta años más tarde puedo contaros las extrañas cosas que caracterizaron esa profanación.

»El odio por el rey Luis XVI que habían conseguido inspirar al pueblo, y que no había podido saciar el cadalso del 21 de enero, se remontó a los reyes de su raza: se quiso perseguir a la monarquía hasta su fuente, a los monarcas hasta su tumba, arrojar al viento las cenizas de sesenta reyes.

»Además, quizá hubo curiosidad por ver si los grandes tesoros que se pretendían encerrados en algunas de aquellas tumbas se habían conservado tan intactos como se decía.
»El pueblo se abalanzó, pues, sobre Saint-Denis. »Entre el 6 y el 8 de agosto, destruyó cincuenta y una tumbas, la historia de doce siglos.

»Entonces el gobierno decidió regularizar aquel desorden, excavar por su propia cuenta las tumbas y heredar de la monarquía a la que acababa de herir de muerte en Luis XVI, su último representante.

»Además, se trataba de aniquilar hasta el nombre, hasta el recuerdo, hasta las osamentas de los reyes; se trataba de tachar en la historia catorce siglos de monarquía.

»Pobres locos que no comprenden que los hombres pueden a veces cambiar el futuro..., ¡nunca el pasado!

»En el cementerio se había preparado una gran fosa común al modo de las fosas de los pobres. En esa fosa y sobre un lecho de cal debían ser arrojados, como en un vertedero, las osamentas de aquellos que habían hecho de Francia la primera de las naciones, desde Dagoberto hasta Luis XV

»Así, se daba satisfacción al pueblo, pero sobre todo goce a aquellos legisladores, a aquellos abogados, a aquellos periodistas envidiosos, aves de presa de las revoluciones, cuya mirada queda herida por cualquier esplendor, como los ojos de sus hermanos, los pájaros nocturnos, son heridos por cualquier luz.

»El orgullo de quienes no pueden edificar es destruir.

»Fui nombrado inspector de excavaciones; para mí era un medio de salvar un montón de cosas preciosas. Acepté.

»El sábado 12 de octubre, mientras se instruía el proceso de la reina, mandé abrir el panteón de los Borbones por el lado de las capillas subterráneas, y empecé sacando el ataúd de Enrique IV, que murió asesinado el 14 de mayo de 1610 a la edad de cincuenta y siete años.

»En cuanto a la estatua del Pont-Neuf, obra maestra de Juan de Bolonia y de su discípulo, había sido fundida para hacer de ella perras gordas.

»El cuerpo de Enrique IV estaba maravillosamente conservado; los rasgos del rostro, perfectamente reconocibles, eran, desde luego, aquellos que el amor del pueblo y el pincel de Rubens han consagrado. Cuando se le vio salir el primero de la tumba, y aparecer a la luz en su sudario, igual de bien conservado que él, la emoción fue enorme y a duras penas dejó de sonar instintivamente bajo las bóvedas de la iglesia ese grito de ¡Viva Enrique IV!, tan popular en Francia.

»Cuando yo vi aquellas muestras de respeto, diría incluso que de amor, hice poner el cuerpo de pie contra una de las columnas del coro, y allí todos pudieron ir a contemplarlo.

»Estaba vestido, como en vida, con su jubón de terciopelo negro sobre el que destacaban sus gorgueras y manguitos blancos; sus medias de seda del mismo color, gregüescos de terciopelo semejante al jubón, medias de seda del mismo color, zapatos de terciopelo.

»Sus hermosos cabellos grisáceos seguían formando una aureola alrededor de su cabeza, su hermosa barba blanca seguía cayendo sobre su pecho.

»Entonces se inició una inmensa procesión como al relicario de un santo: las mujeres iban a tocar las manos del buen rey, otras besaban el pico de su capa, otras hacían que sus hijos se pusieran de rodillas, murmurando en voz baja:

»-¡Ay, si viviera, el pobre pueblo no sería tan desgraciado!

»Y habrían podido añadir: Ni tan feroz, porque lo que hace la ferocidad del pueblo es la desgracia.

»Aquella procesión duró toda la jornada del sábado 12 de octubre, del domingo 13 y del lunes 14.

»El lunes, las excavaciones prosiguieron tras la comida de los obreros, es decir, hacia las tres de la tarde.

»El primer cadáver que vio la luz después del de Enrique IV, fue el de su hijo Luis XIII. Estaba bien conservado y aunque los rasgos del rostro estuviesen borrados, todavía se le podía reconocer por su bigote.

»Luego vino el de Luis XIV, reconocible por sus grandes rasgos, que hacen de su rostro la máscara típica de los Borbones; sólo que estaba negro como la tinta.

»Luego vinieron sucesivamente los de María de Médicis, segunda mujer de Enrique IV; de Ana de Austria, mujer de Luis XIII; de María Teresa, mujer de Luis XIV; y del gran delfín.

»Todos estos cuerpos estaban putrefactos; sólo el del gran delfín estaba en putrefacción líquida.

»El martes 15 de octubre continuaron las exhumaciones.

»El cadáver de Enrique IV seguía estando de pie contra su columna y asistiendo impasible al vasto sacrificio que se realizaba a la vez sobre sus predecesores y sobre su descendencia.

»El miércoles 16, justo en el momento en que a la reina María Antonieta le cortaban la cabeza en la plaza de la Revolución, es decir, a las once de la mañana, se sacaba del panteón de los Borbones el ataúd del rey Luis XV

»Según la antigua costumbre del ceremonial de Francia, estaba puesto a la entrada del panteón, donde esperaba a su sucesor, que no debía ir a reunírsele. Lo cogieron, lo llevaron y no lo abrieron hasta el cementerio, al borde de la fosa.

»A1 principio, el cuerpo sacado del ataúd de plomo y perfectamente envuelto en tela y en vendas, parecía entero y bien conservado; pero liberado de las envolturas, no ofrecía sino la imagen de la más repugnante putrefacción, y escapó de él un olor tan infecto que todos huyeron y hubo que quemar varias libras de polvos para purificar el aire.

»Inmediatamente arrojaron en la fosa lo que quedaba del héroe del Parc-Aux-Cerfs, del amante de madame de Chateauroux, de madame de Pompadour y de madame Du Barry y, caídas sobre un lecho de cal viva, se recubrieron aquellas inmundas reliquias.

»Me había quedado el último para hacer quemar los artificios y lanzar la cal cuando oí un gran estruendo en la iglesia; entré a todo correr, y vi a un obrero que se debatía en medio de sus compañeros mientras las mujeres le mostraban el puño y le amenazaban.

»El miserable había abandonado su triste tarea para ir a ver un espectáculo más triste aún: la ejecución de María Antonieta; luego, enervado por los gritos que había lanzado y oído lanzar, por la sangre que había visto derramarse, había vuelto a Saint-Denis y, acercándose a Enrique IV que seguía de pie contra el pilar y siempre rodeado de curiosos, e incluso diría de devotos, le había dicho:

»-¿Con qué derecho permaneces tú ahí de pie, cuando se corta la cabeza a los reyes en la plaza de la Revolución?

»Y al mismo tiempo, cogiendo la barba con la mano izquierda se la había arrancado mientras con la derecha daba una bofetada al cadáver real.

»El cadáver había caído a tierra con un ruido seco, parecido al de un saco de osamentas que se hubiera dejado caer.

»Inmediatamente de todas partes había surgido un gran clamor. Cualquier otro rey podría haber corrido el riesgo de semejante ultraje; pero con Enrique IV, rey del pueblo, aquello era casi un ultraje al pueblo.

»El obrero sacrílego corría, pues, el mayor de los peligros cuando acudí en su ayuda.

»Cuando él vio que podía encontrar en mí un apoyo, se puso bajo mi protección. Pero, a pesar de protegerle, quise dejarle bajo el peso de la infame acción que había cometido.

»-Hijos míos -les dije a los obreros- dejad a este miserable; aquél a quien ha insultado está allá arriba en bastante buena posición para obtener de Dios su castigo.

»Luego, tras devolver la barba que había arrancado al cadáver, y que seguía teniendo en la mano izquierda, le eché de la iglesia anunciándole que ya no formaba parte de los obreros que yo empleaba. Los abucheos y las amenazas de sus camaradas le persiguieron hasta la calle.

»Temiendo nuevos ultrajes a Enrique IV, ordené que fuera llevado a la fosa común; pero hasta allí el cadáver fue acompañado de señales de respeto. En lugar de ser arrojado como los demás al osario real, fue descendido, depositado suavemente y tumbado cuidadosamente en una de las esquinas; luego una capa de tierra, en lugar de una capa de cal, fue piadosamente extendida encima.

»Acabada la jornada, los obreros se retiraron y sólo quedó el guardián; era un buen hombre al que yo había puesto allí por miedo a que de noche alguien penetrara en la iglesia, bien para realizar nuevas mutilaciones, bien para cometer nuevos robos; aquel guardián dormía de día y velaba desde las siete de la tarde a las siete de la mañana.

»Pasaba la noche de pie y paseaba para calentarse, o permanecía sentado cerca de un fuego encendido junto a uno de los pilares más cercanos a la puerta.

»En la basílica todo ofrecía la imagen de la muerte, y la devastación hacía esta imagen de la muerte más terrible todavía. Los panteones estaban abiertos y las piedras sepulcrales alzadas contra las paredes; estatuas rotas alfombraban el suelo de la iglesia; aquí y allá, ataúdes abiertos habían restituido los muertos, de los que creyeran no tener que rendir cuentas hasta el día del juicio final. En fin, todo llevaba al espíritu del hombre, si ese espíritu era elevado, a la meditación; si era débil, al terror.

»Afortunadamente, el guardián no era un espíritu, sino una masa organizada. Miraba todos aquellos desechos con el mismo ojo que hubiera contemplado un bosque talado o un campo segado y sólo se preocupaba de contar las horas de la noche, voz monótona del reloj, lo único que había quedado vivo en la desolada basílica.

»En el momento en que sonó la medianoche, y en que vibraba el último golpe del badajo en las sombrías profundidades de la iglesia, oyó grandes voces procedentes del lado del cementerio. Aquellas voces eran gritos de socorro, largas quejas, dolorosas lamentaciones.
»Tras el primer momento de sorpresa, se armó de un pico y avanzó hacia la puerta que comunicaba la iglesia con el cementerio; pero una vez abierta esa puerta, al reconocer perfectamente que aquellos gritos procedían de la fosa de los reyes, no se atrevió a seguir adelante, volvió a cerrar la puerta y acudió a despertarme al hotel donde me alojaba.

»Al principio me negué a creer la existencia de aquellos clamores saliendo de la fosa real; pero como me alojaba justo frente a la iglesia, el guardián abrió mi ventana y, en medio del silencio turbado sólo por el murmullo de la brisa invernal, creí oír efectivamente largas quejas que no me parecieron ser sólo el lamento del viento.

»Me levanté y acompañé al guardián hasta la iglesia. Llegado allí y cerrado el pórtico a nuestras espaldas, oímos con mayor nitidez las quejas de que me había hablado. Era tanto más fácil distinguir de dónde procedían aquellos lamentos cuanto que la puerta del cementerio, mal cerrada por el guardián, había vuelto a abrirse tras él. Efectivamente, aquellas quejas procedían del cementerio.

»Encendimos dos antorchas y nos encaminamos hacia la puerta; pero por tres veces, al acercarnos a esa puerta, la corriente de aire que se había formado de fuera a dentro las apagó. Comprendí que ocurría lo mismo que en esos estrechos difíciles de franquear y que una vez en el cementerio no tendríamos que sostener aquella lucha. Además de nuestras antorchas, hice encender una linterna. Nuestras antorchas se apagaron, pero la linterna permaneció encendida. Franqueamos el estrecho y, una vez en el cementerio, volvimos a encender nuestras antorchas, que el viento respetó.

»Sin embargo, a medida que nos acercábamos, los clamores habían ido muriendo y en el momento en que llegamos al borde de la fosa se habían apagado casi por completo.

»Agitamos nuestras antorchas por encima de la amplia oquedad y, en medio de las osamentas, sobre aquella capa de cal y tierra toda agujereada por ellas, vimos una cosa informe que se debatía.

»Aquella cosa se parecía a un hombre.

»-¿Qué os pasa y qué queréis? -pregunté yo a aquella especie de sombra.

»-¡Ay! -murmuró-, soy el miserable obrero que dio una bofetada a Enrique IV

»-Pero ¿cómo estás ahí? -pregunté. »-Saquéme de aquí, señor Lenoir, porque me muero, y en seguida lo sabréis todo.

»Desde el momento en que el guardián de los muertos se convenció de que se trataba de un vivo, el terror que al principio se había apoderado de él había desaparecido; ya había levantado una escalera tendida en las hierbas del cementerio, sosteniéndola en pie y esperando mis órdenes.

»Le ordené bajar la escalera a la fosa, e invité al obrero a subir. Se arrastró en efecto hasta el pie de la escalera; pero llegado allí, cuando hubo que ponerse de pie y subir los escalones, se dio cuenta de que tenía una pierna y un brazo rotos.

»Le arrojamos una cuerda con un nudo corredizo; pasó esa cuerda bajo sus hombros. Yo conservé el otro cabo de la cuerda entre mis manos; el guardián bajó algunos escalones y gracias a este doble sostén conseguimos sacar a aquel vivo de la compañía de los muertos.

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07 Ene 2010, 21:25
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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS
»Apenas estuvo fuera de la fosa, se desvaneció. Le llevamos junto al fuego; le acostamos sobre un lecho de paja, luego envié al guardián en busca de un médico.

»El guardián volvió con un doctor antes de que el herido hubiera recobrado el conocimiento, y fue sólo durante la operación cuando abrió los ojos.

»Hecha la cura, di las gracias al médico y, como quería saber por qué extraña circunstancia el profanador se encontraba en la tumba real, también despedí al guardián. Este no pedía otra cosa que ir a acostarse, tras las emociones de semejante noche, y me quedé solo con el obrero. Me senté sobre una piedra junto a la paja donde estaba acostado, y frente al hogar cuya llama temblorosa iluminaba la parte de iglesia en que nos encontrábamos, dejando todas las profundidades en una oscuridad tanto más espesa cuanto que la parte en que nos hallábamos estaba a plena luz.

»Interrogué entonces al herido, y esto fue lo que me contó:

»Su despido le había inquietado poco. Tenía dinero en el bolsillo y hasta entonces había visto que con dinero nunca faltaba nada.

»Por lo tanto, se había ido a la taberna.

»En la taberna había empezado abriendo una botella, pero al tercer vaso había visto entrar al hostelero.

»---¿Ya has terminado? -le había preguntado éste.

»-¿Y eso por qué? -había contestado el obrero. »-Pues porque he oído decir que eras tú quien ha dado una bofetada a Enrique IV

»-Pues sí, he sido yo -dijo insolentemente el obrero-. ¿Qué pasa?

»-¿Qué pasa? No quiero dar de beber a un malvado bribón como tú, que traerá la maldición sobre mi casa.

»--Tu casa..., tu casa es la casa de todo el mundo y, desde el momento en que se paga, uno está como en la suya.

»-Sí, pero tú no pagarás.

»-¿Por qué no?

»-Porque yo no quiero tu dinero. Y como no vas a pagar, no estarás en tu casa, sino en la mía; y como estarás en mi casa, tendré derecho a echarte a la calle.

»-Siempre que seas el más fiierte.

»-Si no soy el más fuerte, llamaré a mis criados.

»-Pues bien, llama y ya veremos.

»El tabernero llamó; tres criados, prevenidos de antemano, habían entrado a su llamada, cada uno con un bastón en la mano y, por más ganas que tuviera de resistir, le fue preciso al obrero retirarse sin decir una palabra.

»Entonces había salido, había vagado algún tiempo por la ciudad y a la hora de cenar había entrado en el figón donde los obreros solían comer.

»Acababa de comerse la sopa cuando los obreros que habían terminado su jornada entraron.

»A1 verle, se detuvieron en el umbral y, llamando al hospedero, le comunicaron que si aquel hombre seguía haciendo sus comidas en aquella casa, abandonarían el figón desde el primero hasta el último.

»E1 figonero preguntó qué había hecho aquel hombre, que era víctima de aquel modo de la reprobación general. .

»Le dijeron que era el hombre que había dado una bofetada a Enrique IV

»-Entonces, ¡sal de aquí! -dijo el figonero, avanzando hacia él-. ¡Y ojalá que lo que has comido te sirva de veneno!

»Aún había menos posibilidades de resistir en el figón que en casa del tabernero. El obrero maldito se levantó amenazando a sus camaradas, que se apartaron ante él, no por las amenazas que había proferido, sino por la profanación que había cometido.

»Salió con el corazón lleno de rabia, vagó durante una parte de la noche por las calles de Saint-Denis jurando y blasfemando. Luego, hacia las diez, se encaminó hacia su alojamiento.

»Contra la costumbre de la casa, las puertas estaban cerradas.

»Llamó a la puerta. El hostelero apareció en una ventana. Como hacía noche oscura, no pudo reconocer al que llamaba.

»-¿Quién sois? -preguntó.

»El obrero dijo su nombre.

»-¡Ah! -dijo el posadero-, tú eres el que ha dado una bofetada a Enrique IV; espera.

»-¡Cómo! ¿Por qué he de esperar? -dijo el obrero, con impaciencia.

»Y en ese mismo instante, a sus pies cayó un paquete.

»-¿Esto qué es? -preguntó el obrero.

»-Todo lo que en esta casa hay tuyo.

»-¿Cómo? ¿Todo lo que hay mío?

»-Sí, puedes irte a dormir donde quieras; no tengo ganas de que mi casa se me caiga encima.

»El obrero, furioso, cogió un adoquín y lo arrojó contra la puerta.

»-Espera -dijo el posadero-, que voy a despertar a tus compañeros y entonces verás.

»El obrero comprendió que no tenía nada bueno que esperar. Se retiró y, encontrando abierta una puerta a cien pasos de allí, entró bajo un cobertizo.

»Bajo aquel cobertizo había paja; se tumbó en aquella paja y se durmió.

»Cuando faltaba un cuarto de hora para la medianoche, le pareció que alguien le tocaba en el hombro. Se despertó y vio ante él una forma blanca que tenía el aspecto de una mujer y que le hacía señal de seguirla.

»Creyó que se trataba de una de esas desventuradas que siempre tienen una guarida y placer que ofrecer a quien puede pagar la yacija y el placer; y como tenía dinero, como prefería pasar la noche a cubierto y acostado en una cama a pasarla en un cobertizo y acostado sobre paja, se levantó y siguió a la mujer.

»La mujer caminó durante un momento a lo largo de las casas del lado izquierdo de la Grande Rue, luego atravesó la calle, tomó una calleja a la derecha; mientras, continuaba haciendo señales al obrero de seguirla.

»Este, acostumbrado a esos tejemanejes nocturnos, conociendo por experiencia las callejuelas donde suelen alojarse las mujeres del género de aquella a la que seguía, no puso ninguna dificultad y se adentró en la calleja.

»La calleja terminaba en el campo; creyó que aquella mujer vivía en una casa aislada, y siguió tras ella.

»AL cabo de cien pasos atravesaron una hendidura; pero de pronto, habiendo alzado los ojos, vio ante él la vieja abadía de Saint-Denis con su gigantesco campanario y sus ventanas ligeramente coloreadas por el fuego interior, a cuyo lado velaba el guardián.

»Buscó con los ojos a la mujer; había desaparecido.

ȃl se encontraba en el cementerio.

»Quiso retroceder por la brecha. Pero bajo aquella brecha, sombrío, amenazador, con el brazo tendido hacia él, le pareció ver el espectro de Enrique IV

»El espectro dio un paso hacia delante y el obrero otro hacia atrás.

»Al cuarto o quinto paso, faltó suelo bajo sus pies, y cayó patas arriba en la fosa.

»Entonces le pareció ver erguirse a su alrededor a todos aquellos reyes, predecesores y descendientes de Enrique IV; entonces le pareció que unos alzaban sobre él sus cetros, otros sus manos de justicia, clamando: "¡Malhaya el sacrílego!" Entonces le pareció que al contacto de aquellas manos de justicia y de aquellos cetros pesados como de plomo, ardientes como si fueran de fuego, sentía romperse uno tras otro sus miembros.

»Fue en ese momento cuando sonó la medianoche y cuando el guardián oyó los lamentos.

»Hice lo que pude por tranquilizar al desventurado; pero su razón se había extraviado y tras un delirio de tres días murió gritando: "Perdón".

-Perdón -dijo el doctor-, pero no comprendo del todo la consecuencia de su relato. El accidente de vuestro obrero prueba que, preocupado por lo que le había ocurrido durante el día, bien en estado de vigilia, bien en estado de sonambulismo, se puso a deambular por la noche; que, deambulando, entró en el cementerio y que, mientras miraba al aire en lugar de mirar a sus pies, cayó en la fosa, donde naturalmente se rompió un brazo y una pierna en su caída. Ahora bien, habéis hablado de una predicción que se ha realizado, y en todo eso no veo la menor predicción.

-Esperad -dijo el caballero-; la historia que acabo de contar, y que no es más que un hecho, y en eso tenéis razón, lleva directamente a la predicción que voy a contaros y que es un misterio.

»Esta predicción es la siguiente:

»Hacia e120 de enero de 1794, tras la demolición de la tumba de Francisco I, se abrió el sepulcro de la condesa de Flandes, hija de Felipe el Largo.

»Estas dos tumbas eran las últimas que quedaban por excavar: todos los panteones estaban destruidos, todos los sepulcros estaban vacíos, todas las osamentas se hallaban en el osario.

»Sólo una última sepultura quedaba por abrir: era la del cardenal de Retz, que según se decía había sido enterrado en Saint-Denis.

»Todos los panteones, o casi todos, habían sido cerrados de nuevo: el panteón de los Valois y el panteón de los carolingios. Sólo quedaba el panteón de los Borbones, que debía cerrarse al día siguiente.

»El guardián pasaba su última noche en aquella iglesia donde ya no tenía nada más que guardar; se le había dado permiso para dormir, y aprovechaba ese permiso.

»A medianoche fue despertado por el sonido del órgano y de cantos religiosos. Se despertó, se frotó los ojos, y volvió la cabeza hacia el coro, es decir, hacia el lado de donde procedían los cantos.

»Entonces vio con asombro las sillas del coro ocupadas por los religiosos de Saint-Denis; vio a un obispo oficiando ante el altar; vio la capilla ardiente iluminada, y bajo la capilla ardiente iluminada, el gran paño de oro mortuorio que por lo general sólo recubre el cuerpo de los reyes.

»En el momento en que despertó acababa la misa y comenzaba el ceremonial del entierro.

»El cetro, la corona y la mano de justicia, puestos sobre un cojín de terciopelo rojo, eran entregados a los heraldos que los presentaron a tres príncipes; éstos los cogieron.

»Acto seguido avanzaron, deslizándose más que caminando, y sin que el ruido de sus pasos despertara el menor eco en la sala, los gentiles hombres de la cámara cogieron el cuerpo y lo llevaron al panteón de los Borbones, el único que quedaba abierto, mientras todos los demás habían sido cerrados de nuevo.

»Entonces el rey de armas bajó allí, y cuando hubo bajado gritó a los demás heraldos que fueran a cumplir con su obligación.

»El rey de armas y los heraldos eran cinco.

»Desde el fondo del panteón, el rey de armas llamó al primer heraldo, que bajó llevando las espuelas; luego al segundo, que bajó llevando los guanteletes; luego al tercero, que bajó llevando el escudo; luego al cuarto, que bajó llevando el yelmo sellado; luego al quinto, que bajó llevando la cota de armas.

»Luego llamó al primer lacayo cortador, que llevó la bandera; a los capitanes de los suizos, de los arqueros de la guardia y de los doscientos gentiles hombres de la casa; al caballerizo mayor, que llevó la espada real; al primer chambelán, que llevó la bandera de Francia; el gran maestre, ante quien pasaron todos los jefes de palacio, arrojando sus bastones blancos en el panteón y saludando a los tres príncipes portadores de la corona, del cetro y de la mano de justicia, a medida que desfilaban; a los tres príncipes, que también llevaban cetro, mano de justicia y corona.

»Entonces el rey de armas gritó en voz alta y por tres veces:

»-¡El rey ha muerto; viva el rey! ¡El rey ha muerto; viva el rey! ¡El rey ha muerto; viva el rey!

»Un heraldo, que había permanecido en el coro, repitió el triple grito.

»Por último, el gran maestre rompió su vara en señal de que la casa real estaba rota y de que los oficiales del rey podían marcharse.

»Inmediatamente sonaron las trompetas y el órgano se despertó.

»Luego, mientras las trompetas sonaban cada vez más débilmente, mientras el órgano gemía cada vez más bajo, las luces de los cirios palidecieron, los cuerpos de los asistentes se borraron y, al último gemido del órgano, al último son de la trompeta, todo desapareció.

»Al día siguiente, el guardián, arrasado en lágrimas, contó el entierro real que había visto y al que él, pobre hombre, había asistido solo, prediciendo que aquellas tumbas mutiladas volverían a ser colocadas en su sitio y que, a pesar de los decretos de la Convención y la obra de la guillotina, Francia volvería a ver una nueva monarquía y Saint-Denis nuevos reyes.

»Esta predicción le valió la prisión y casi el cadalso al pobre diablo que treinta años más tarde, es decir, el 20 de septiembre de 1824, detrás de la misma columna en que había tenido su visión, me decía, tirándome del faldón de mi traje:

»-Y bien, señor Lenoir, cuando yo os decía que nuestros pobres reyes volverían un día a Saint-Denis, ¿me equivoqué?

»En efecto, ese día enterraban a Luis XVIII con el mismo ceremonial que el guardián de las tumbas había visto cumplirse treinta años antes.

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Nota Re: SAINT DENIS, PARÍS
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Estatuas que representan Reyes Caroligios. Encargadas para ser usadas como decoración en la capilla funeraria de Napoleón I. Esta Capilla se supone que iba a ser construida dentro de la Iglesia de Saint Denis. Se descubrieron en 2005 y después de restaurarlas se colocaron en el claustro de la "maison d'education de la legion d'Honneur", al lado de la Iglesia de Saint Denis

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ALberto, Admin.


27 Ene 2010, 15:29
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